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CfP: II Congreso Internacional «El monstruo y la maldad. Articulaciones y derivaciones de la idea del Mal en la cultura» León, 6, 7 y 8 de abril de 2027

II Congreso Internacional «El monstruo y la maldad. Articulaciones y derivaciones de la idea del Mal en la cultura»
6, 7 y 8 de abril de 2027
Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de León, España)
El bien ya no está en la vertical del mal, ya nada se alinea en abscisas y en coordenadas. Cada partícula sigue su propio movimiento, cada valor, fragmento de valor, brilla por un instante en el cielo de la simulación y después desaparece en el vacío, trazando una línea quebrada que sólo excepcionalmente coincide con la de las restantes partículas. Es el esquema propio de lo fractal, y es el esquema de nuestra cultura. (Baudrillard, 12)
Premisas iniciales
Pensar al monstruo conlleva una problemática epistemológica y representacional, que reside en la dificultad de acotar un único significado para un mismo significante. El monstruo (del latín, monstrum) apunta tanto a lo epifánico como a lo anómalo, acoge tanto lo deformado como lo prohibido, supone tanto la advertencia como la revelación de aquello que había permanecido oculto. Entonces, ¿cómo definirlo y delimitarlo?
La mutabilidad en la constitución de lo monstruoso remite a una acumulación de cargas semánticas, hecho que deriva en una problemática interpretativa. Así lo asevera Asma, al constatar en su ensayo On Monsters. An Unnatural History of Our Worst Fears que no hay posibilidad de concretar una definición consensuada y constante, desde un nivel histórico y cultural, que despeje la enmarcada incógnita. El monstruo es un constructo cambiante, transcultural y transhistórico: es decir, históricamente determinado y dependiente de los marcos normativos de cada contexto cultural (Cohen). Lo monstruoso, por tanto, puede funcionar como espacio de proyección de aquello que cada sociedad identifica como amenaza, anomalía, o transgresión del orden; al mismo tiempo que puede constituirse como lugar liberador, que, desde la periferia en la que reside, nos anima a la perversión de lo normativo, a la revelación de nuestros terrores y anhelos ocultos.
No en vano, el monstruo se erige desde una dicotomía que trata de separar y diferenciar lo que toda estructura social ha determinado como Other y Same (Beville). A la identidad y la otredad se suman oposiciones que remiten al orden/caos, a la
pertenencia/ajenidad, a la belleza/fealdad. La alusión a estas oposiciones se debe, sin duda, a aquello que sostiene Cixous al respecto de la existencia de lo otro, puesto que, a pesar de la perversión de la uniformidad que implica lo monstruoso (G. Cortés), amén de la incomodidad que supone su presencia para los esquemas asumidos, «es necesario que exista lo propio y lo
impropio, lo limpio y lo sucio, lo rico y lo pobre, [...]. Es necesario que exista el “otro”, no hay amo sin esclavo, no hay poder económico-político sin explotación, no hay clase dominante sin rebaño subyugado» (Cixous, 24, 25). Esta perspectiva sugiere la ambigüedad simbólica y significante que ya presagiaba Moraña a la hora de evocar la construcción del Otro —más aún, de constituir las tecnologías de la monstruosidad a las que apuntaba Halberstam ante la idea de diferencia y consiguiente desigualdad política, social, económica, etc., siempre latente en una comunidad—, así como de entender el eje de rebelión que implica el ejercicio de lo monstruoso a través de dichos binomios opuestos. A estos últimos, necesarios en la comprensión de lo ideológico-normativo, constitutivo de una determinada coordenada histórica, social y/o cultural, se incorpora el que será el eje central del II Congreso Internacional sobre el motivo del monstruo: la idea de Bien enfrentada a la idea del Mal y los modos de articular dicho enfrentamiento a través de la figura de la monstruosidad en las humanidades.
El presente encuentro académico, de naturaleza interdisciplinar, surge como continuación de la primera entrega, «El monstruo y el miedo. Indagaciones sobre la monstruosidad y su relación con lo humano», celebrado en el mes de octubre del año 2025 en
la Universidad de León. Si en aquella ocasión el interés residía en analizar las múltiples formas en que lo monstruoso se articula en torno al terror y a los consecuentes efectos provocados en lo humano, esta nueva propuesta busca profundizar en otra derivación fundamental: en su relación con la maldad. Dicha asociación, sin embargo, dista mucho de ser estable o unívoca; prueba de ello son los múltiples intentos de comprender el principio del Mal, dado que este es una preocupación filosófica, religiosa, sociopolítica, y antropológica, que atraviesa la historia de la humanidad en sus múltiples variantes.
Si se revisan los postulados platónicos en torno a la asociación de la maldad, ya desde el Diálogo de Timeo se observa su vinculación con el desorden, la fealdad y el placer, derivando en la gestación de alteraciones conforme a la idea de Bien y al ordenamiento preferente de Dios (166). A ello se añade la experiencia cristiana del pecado, entendido este último en tanto que «one of the possible rationalizations of the root of evil», teniendo presente que la existencia de la maldad es indispensable en dicha experiencia, puesto que encarna «the threat of the dissolution of the bond between man and the sacred» (Ricoeur, 4),
aduciendo, implícitamente, al lazo de unión entre lo sagrado y la idea del Bien. La sucesión de contrarios entre ambas ideas o principios genéricos se inscribe, no en vano, en la genealogía del mal. San Agustín la descarta del proceso de aprendizaje del ser en el mundo, puesto que «el mal no se puede en modo alguno aprender; porque, si se aprendiera, estaría contenido en el aprendizaje, y entonces no sería este un bien» (s.p.), de ahí que se sumen a la mentada nómina platónica prácticas que abocan al castigo social, dada su confrontación de la Bondad, como el adulterio, el homicidio o los sacrilegios.
El mal, enuncia Herra, es «riesgo, amenaza, tentación, repugnancia y, en el extremo de lo posible, tragedia y crimen, el mal es experiencia límite de voluntad», bajo cuya consideración cabe mencionar el comportamiento errado, determinado en cuanto tal en función de las dinámicas relacionales concebidas en sociedad, hecho que no hace más que «alimentar un canon del mal, cualquiera que sea» (29). A este respecto, sobresale la singularidad del caso Eichmann en el que Arendt se aproxima a la complejidad de la maldad desde la normalidad que encarna el sujeto que la practica: «los jueces sabían que hubiera sido
muy confortante poder creer que Eichmann era un monstruo [...]. Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales» (165). Desde esta perspectiva, la maldad no puede entenderse como una categoría absoluta, sino, en cambio, como una construcción relacional y contextual, definida a partir de las interacciones humanas, de los sistemas normativos y de las estructuras de poder que determinan aquello que debe ser considerado aceptable o aberrante, hecho que entronca con el ya mencionado Diálogo de Timeo, por el que se determina la creación de la maldad a partir del contexto en que se encuadra el sujeto: «Ninguno es malo porque quiera serlo: una mala disposición del cuerpo, una mala educación, he aquí lo que hace que el malo sea malo» (256). Debe considerarse, pues, cierta ambigüedad constitutiva en torno a la maldad, que no es completamente ajena al ser humano, puesto que es este último quien traza —y no cesa de cuestionar— las fronteras mismas por las que definimos ambas ideas opuestas.
En esta línea, Baudrillard considera que el Mal es «ni más ni menos, sinónimo del principio de reversión y del principio de adversidad. En unos sistemas en vías de positivización total, y por tanto de desimbolización, el mal equivale simplemente, bajo todas sus formas, a la regla fundamental de reversibilidad» (72-73). Se problematiza aquí la posibilidad de la maldad en términos del cambio de su equivalencia, a lo que se añade, como avanzábamos previamente a propósito de la dicotómica genealogía del monstruo, que lo considerado «“malo” es tan sólo (sic.) un contraste pálido y secundario comparado con su concepto fundamental positivo, empapado de vida y pasión de parte a parte» (Nietzsche, 78). En este sentido, G. Cortés incide en los conceptos de peligro, contaminación o impureza «con el fin de proteger lo que se entiende como bien común. Una idea que pugna por consolidar y perpetuar la anulación de las diferencias y la homogeneización de lo jerárquicamente diverso, producto del profundo temor hacia las apetencias de los sentidos» (18).
La asociación de términos a la idea del Mal comporta un estado de plena arbitrariedad, también denotado en la delimitación de los tabúes «inspirados por el miedo, precauciones contra los espíritus malignos, [... que] con frecuencia adoptaban la forma de
reglas relativas a la impureza» (Douglas, 25). Es así como pueden añadirse a la nómina indefinida de semas enlazados a la maldad preocupaciones más modernas, que conectan con la experiencia de la abyección. Esta es, siguiendo las formulaciones de Kristeva, un mecanismo fundamental para la construcción de lo amenazante, para el señalamiento de aquello que debe ser expulsado del cuerpo tanto a un nivel biológico —inscribiendo lo menstrual, lo excremental y, de forma general, los fluidos corporales, en tanto que sintomatologías de la abyección— como social —prefigurando el concepto de higiene social
que aduce a todo aquello considerado centro del peligro, de la contaminación y de la mentada impureza—.
En este último sentido, las figuras de la maldad en dicha esfera de lo social se definen, entonces, como el recipiente sobre el que volcar la conducta infame que nace, precisamente, de la tensión entre moralidad y alteridad, construyendo al ser considerado malvado como ser-otro: «Aquel que es percibido como un impostor potencial al tratar de abolir lo que hasta ese momento parecía incuestionable, aquel que pretende invadir el espacio intocable; aquel que transgrede los límites establecidos, aquel que nos devuelve una imagen inquietante de nuestro cuerpo que no se corresponde con las viejas ideas, aquel a quien su diferencia relega a la frontera externa de la realidad. Su monstruosidad no le permite la convivencia con la sociedad» (G. Cortés, 14). La remisión a las ideas de desigualdad de raza, de clase, de género, entre otras, también operan en la constitución de dichas figuras, redefiniéndose como espacios simbólicos que proyectan la amenaza sobre la bondad connatural al hombre y a los códigos que, por convención, han enmarcado dicha necesidad de exclusión en torno a lo que corrompe el correcto funcionamiento cívico. Dichas figuras, cuya otrificación depende de la percepción cultural y sociohistórica, abocan a su consideración en tanto que seres
monstruosos, derivando en su rechazo o en la destrucción de la anomalía que encarnan (Cohen). No en vano, su persistencia, su constante latencia, evidencia la imposibilidad de eliminarlo por completo: permanece para permitir interrogar los límites de nuestras categorías morales, afectivas y políticas, así como las formas en que las sociedades construyen y reciben la idea misma de maldad.
Desde esta perspectiva, las distintas entregas del congreso pretenden asumir dicha condición mutable de la monstruosidad a la que aducíamos al comienzo, explorando en cada edición una de sus posibles transformaciones culturales y simbólicas. Desplazamos el foco en esta ocasión hacia las articulaciones del mal: sus representaciones, sus imaginarios, sus mecanismos de legitimación y sus vínculos con lo monstruoso dentro de la literatura, el cine, el arte, la filosofía, la historia; en definitiva, cualquier rama del ámbito de las artes y las humanidades. Todo para problematizar el surgimiento y la consiguiente acotación de la maldad desde los citados campos de estudio; todo para pensar la idea del Mal en relación al motivo del monstruo, que emerge desde la oscuridad para desestabilizar el orden, animar al caos, pervertir la condición de estabilidad asumida, y desembocar en la celebración de su existencia.
Líneas temáticas
Las propuestas de comunicación podrán centrarse en las citadas esferas del conocimiento, así como problematizar alguna/s de las siguientes líneas temáticas:
1. Deambular por los límites de la ética: la gestación del Mal frente a la idea del Bien.
2. Comportamientos no normativos: del monstruo mitológico a la conducta criminal.
3. Iconografías del mal o cómo representar lo aberrante.
4. Teologías del Mal.
5. El monstruo político: censura, represión, manipulación histórica e institucionalización del mal.
6. Marginalidad en clave social: relegación y estigmas ante el inadaptado.
7. La construcción del otro: el mito de la civilización frente a la barbarie.
8. Tecnología, vigilancia y formas contemporáneas de deshumanización y violencia.
9. La monstruosidad femenina ante la poética de la perversidad: del ángel del hogar a la mujer infame.
10. Masculinidades en conflicto: la vinculación del hombre con la ejecución del mal.
11. Villanos y héroes en deconstrucción: análisis de un mito cultural.
12. Monstruosidades queer: confrontación entre lo normativo y lo disidente en clave sexo-genérica.
13. Cuerpos monstruosos: enfermedad, mutación, contaminación y deformidad.
14. Criaturas híbridas: perversidades no-humanas o más que humanas.
15. Ecogótico, colapso climático y representaciones del mal ecológico: paisajes tóxicos, ruinas ambientales y horror en el Antropoceno.
16. Espacios fronterizos y heterotopías del mal: ¿dónde habita el monstruo?
17. Folk horror: magia, superstición, ritualística y paganismo.
18. La domesticación de la maldad: la construcción del monstruo desde la hegemonía.